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Qu hacer contra el Estado Islmico?




02-02-2015 10:32:00

Tribuna Elcano - El autodenominado Estado Islmico (EI) es una organizacin yihadista que, desde su separacin de al-Qaeda en abril de 2013, se ha convertido en una amenaza para la estabilidad y la convivencia en Irak, ms de lo que era ya hasta entonces, pues con anterioridad fue la rama en Mesopotamia de esta ltima estructura terrorista global.


Con más de 30.000 miembros muy bien pertrechados de armamento, no menos de la mitad de ellos de origen foráneo, así como un directorio en el que figuran antiguos mandos militares y de los servicios de inteligencia del derrocado régimen baazista de Sadam Hussein, el EI ha conseguido imponer su control sobre extensas franjas de dicho país e igualmente del contiguo territorio de Siria, constituyendo un común dominio fundamentalista que desde junio de 2014 se presenta como epicentro del nuevo califato panislámico.


Es precisamente a partir de este dominio como el EI proyecta su amenaza, a la vez terrorista y genocida, hacia los restantes territorios de esos dos países y de otros de Oriente Próximo, como Jordania o Líbano. Sin olvidar algunos de la misma región tan social y políticamente dispares como Turquía, Israel, Irán o Arabia Saudí.


Además, los varios miles de militantes que el EI ha logrado captar en el norte de África son fuente de amenaza para sus países de procedencia, como por ejemplo Marruecos. Una amenaza que en Egipto, Libia y Túnez se combina, además, con la existencia de activas entidades yihadistas formadas a partir de 2011 y alineadas en estos momentos con aquella primera, convertida en matriz de una urdimbre alternativa del yihadismo global que reclama el legado de Osama bin Laden, pero niega obediencia a al-Qaeda.


En Libia, de hecho, el EI cuenta con alguna colonia propia, subordinada al liderazgo y la estrategia del pretendido califato. También en Argelia hay ya una entidad, escindida de al-Qaeda en el Magreb Islámico, afín al EI. Pero esta organización yihadista ha reclutado miles de jóvenes musulmanes en otros lugares, dentro y fuera del mundo islámico. Se trata de una movilización yihadista sin precedentes que ha afectado considerablemente, en el mundo occidental, a países europeos como Francia, Reino Unido, Alemania, Bélgica, Dinamarca, Países Bajos o Suecia, donde las comunidades islámicas están esencialmente compuestas por segundas y ulteriores generaciones, descendientes de inmigrantes procedentes de sociedades de mayoría musulmana.


En suma, el EI se configura no solo como una amenaza para la existencia misma de los dos países, a millones de cuyos habitantes está sometiendo en la actualidad a una forma totalitaria de gobierno, sino para la paz y la estabilidad de una entera región geopolítica, al tiempo que se proyecta a través del norte del Cáucaso y del Magreb sobre Europa occidental y está adquiriendo en la práctica una dimensión mundial.


Se trata de una amenaza –es preciso insistir en ello– que se añade y en modo alguno sustituye a la relacionada con al-Qaeda como estructura terrorista global y sus organizaciones filiales. El grupo EI y al-Qaeda comparten una misma ideología –salafismo yihadista– y unos mismos objetivos finales –restaurar el califato e imponer el islam–, pero difieren parcialmente en estrategia y medios. Ahora rivalizan por la hegemonía del yihadismo global. Aun cuando la prioridad del EI sea consolidar y expandir su dominio en Siria e Irak, resulta verosímil que, en el contexto de esa competición, sus respectivos líderes aspiren no solo a incitar la comisión de atentados como los de Ottawa, Bruselas, París, Sídney y Copenhague, sino a exhibir capacidades para ejecutar en las sociedades occidentales alguno mucho más espectacular y letal.


Acción unificada


La respuesta que desde la comunidad internacional se debe dar al EI no puede ser independiente de la que desde hace casi década y media se viene aplicando respecto del yihadismo global en su conjunto, aunque sea preciso adaptarla a las especificidades de esa nueva matriz terrorista.


Al EI hay que combatirlo dentro y fuera de la zona donde ha logrado instaurar su dominio. Ocurre que, en Irak, la inevitable respuesta militar no está al alcance de sus fuerzas de seguridad ni de las milicias que la suplementan, motivo por el cual requiere de asistencia externa. Pero esta se ve condicionada, entre otros problemas internos de Oriente Próximo, por la consuetudinaria disputa entre suníes y chiíes.


En Siria, la situación no es menos complicada, al hallarse el país inmerso en una contienda armada entre gobierno y oposición, que concita serios desencuentros entre otros países con intereses e influencia en la región. Así las cosas, a Estados Unidos competía la responsabilidad de tomar la iniciativa, pues tanto la invasión de Irak en 2003, justificada con argumentos falaces sobre terrorismo y armas químicas, como el modo en que se desarrolló su ocupación y la manera como las tropas norteamericanas abandonaron dicho país en 2011 tienen mucho que ver con la actual situación.


Estados Unidos, como es sabido, está bombardeando posiciones del EI desde el pasado verano. Consciente de que ello solo puede contener temporalmente el avance de los yihadistas, el presidente Barak Obama aprovechó la reunión de la Otán del 4 y 5 de septiembre en Cardiff (Gales) para promover una coalición multinacional frente al EI. Entre los diez países que formaron la base de esa coalición estaban además Reino Unido, Francia, Alemania, Italia, Dinamarca, Polonia, Canadá, Australia y Turquía. Pero degradar y destruir al EI requiere una alianza internacional más amplia y con mayor legitimación, así como un plan que vaya más allá del recurso a aviones de combate. Para incrementar la legitimación de esa coalición voluntaria se han incorporado más países del mundo islámico, además de otros occidentales como España. En la actualidad son más de sesenta los implicados, pero con contribuciones muy dispares. Entre estos hay sultanismos como Catar o Kuwait, que pueden ser parte de la solución porque han sido parte del problema. Entre otras razones debido a que, además de hacer frente al EI con medios militares, es imperativo incidir sobre sus diversificados flujos de financiación y sus importantes mecanismos de propaganda.


Aunque el EI se configure como una nueva matriz del yihadismo global –insisto en que añadida a la ya existente de al-Qaeda–, la amenaza terrorista que supone no incide por igual sobre el conjunto de la comunidad internacional. Los países de Oriente Próximo, el norte de África y Europa occidental, al igual que Rusia, se encuentran comparativamente más afectados que otros.


No en vano, de ellos han salido la gran mayoría de los yihadistas extranjeros que se incorporaron a las filas del EI. Tanto los que efectivamente lograron llegar a Siria e Irak como quienes, radicalizados y alineados con el EI, no lo consiguieron son vehículo potencial de la amenaza terrorista que supone esta organización.


Entre los países de Oriente Próximo y el norte de África sobre los que se cierne la amenaza del EI hay variaciones notables en la configuración y eficiencia de sus sistemas antiterroristas, al igual que graves problemas de cooperación bilateral, como ocurre entre Irak y Arabia Saudí o entre Argelia y Marruecos. En estas y otras situaciones es posible recurrir al marco paliativo de Naciones Unidas, a través de las resoluciones de su Consejo de Seguridad y de una implementación regionalizada de su Estrategia Global contra el Terrorismo.


Estrategia


En el mundo occidental en general y en el ámbito de la Unión Europea en particular, cada país afectado ha de hacer frente al EI en el cuadro de sus respectivas estrategias nacionales antiterroristas y de una eficaz cooperación intergubernamental extensiva a terceros concernidos.


Enfrentar el reclutamiento asociado al EI requiere una adecuada acción policial, que las autoridades judiciales tengan un entendimiento actualizado del fenómeno y el desarrollo de planes de prevención de la radicalización.


Esa organización yihadista intentará continuar materializando con propósitos disuasorios sus amenazas contra las sociedades abiertas utilizando seguidores, por lo común varones entre los 20 y los 40 años –aunque sea estadísticamente significativo el porcentaje de mujeres y de quienes quedan fuera de esas cohortes de edad–, captados en el seno de nuestras comunidades musulmanas, lo que exige que estas se impliquen decididamente en deslegitimar al EI y prevenir el terrorismo yihadista. En conjunto, es preciso tomar medidas de sensibilización y concientización pública para que nuestras sociedades abiertas tengan la necesaria resiliencia ante un desafío, el del terrorismo yihadista, que no había sido tan preocupante desde el 11-S en EE UU y el 11-M en España.



Fernando Reinares es investigador principal de terrorismo internacional en el Real Instituto Elcano, catedrático de Ciencia Política en la Universidad Rey Juan Carlos y profesor adjunto de Estudios de Seguridad en la Universidad de Georgetown (Washington) |

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