Noticias de Cantabria
27-10-2008 09:30

La fina línea de la vida

Recientemente, los medios de comunicación han difundido profusamente el primer nacimiento de un niño proveniente de una fertilización y selección artificial con fines terapéuticos. Este hecho abre, de nuevo, el debate social sobre la utilización de los conocimientos científicos en materias biológicas y sus límites al utilizarlos.

Primeramente, habría que decir que el sereno debate intelectual que la materia precisa, debería alejarse lo más posible de la angustia y el sufrimiento de la familia afectada, indirecta protagonista del episodio mediático y de cualquiera otra afectada por circunstancias semejantes.

La humanidad, a lo largo de su historia, mantiene una controvertida relación con la ciencia. Las concepciones transcendentes o religiosas del hombre y las manifestaciones de los conocimientos científicos han sido, desde tiempos pretéritos, motivo de no infrecuente conflicto. Sirvan de ejemplo las consecuencias que en la época renacentista tuvieron la teoría heliocentrica del ordenamiento planetario y la disección en cadáveres humanos, como método imprescindible de desarrollo de la anatomía. Desde entonces, hemos pasado de una ciencia que pudiéramos denominar descriptiva, donde la controversia residía en las diferentes concepciones de una realidad sutil y más o menos ostensible a otra mas reciente, experimental, cuyos resultados tangibles y susceptibles de modificar el curso natural de las cosas son capaces afectarnos directamente. Así, de la concepción moral de las órbitas planetarias o de los cadáveres para la investigación, hemos pasado a la manipulación de átomos o genes, vegetales o animales, cuyas consecuencias, beneficiosas o perjudiciales, dependen del uso que de esos conocimientos podamos hacer.

Las ciencias biológicas, junto con la Astronomía, son las ciencias que, por indagar más profundamente en la expresión del orden natural de la llamada creación, probablemente hayan tenido, históricamente, mayor capacidad de generar debate intelectual en la sociedad. Entre ellas la medicina, por tratar con la vida, el sufrimiento y la felicidad humana, adquiere un matiz trascendente que la coloca en el frontispicio del debate ético, incluso, a veces, moral. Sobre todo, como ocurre en esta ocasión, cuando se juzgan algunas de sus actuaciones. En este momento, merced a los conocimientos científicos actuales y a la ley 14/2006, sobre técnicas de reproducción humana asistida, en determinados casos y con fines terapéuticos, se pueden generar y seleccionar embriones libres de una carga genética generadora de patología e, incluso, con un perfil inmunológico tal que el trasplante de sus tejidos en el receptor seleccionado no precise inmunosupresión.

Siguiendo estrictamente los principios clásicos de la ética biológica, seria difícil establecer una vulneración flagrante de los mismos al aplicar este tipo de selección al fin que nos ocupa. La no maleficencia, primero de ellos, se cumple, dado que para el diagnóstico y selección de embriones se precisan únicamente unas pocas células de las que componen el embrión preimplantacional o “pre-embrión”, como actualmente se le denomina; sin que ello deba necesariamente producir sufrimiento o daño en el mismo. El principio de beneficencia queda salvaguardado por el objetivo de procurar un bien, la curación de un enfermo, que el procedimiento persigue; aunque este propósito no debe ser individualmente considerado y deba ser tenido en cuenta junto a los demás principios que rigen la bioética. El principio de autonomía no puede aquí ser invocado por la incapacidad intrínseca del sujeto de poseer derechos cívicos. El embrión, aunque es un bien jurídico, constitucionalmente protegido, no es titular, en tanto que no nacido, del derecho a la vida y, por tanto, no es persona, lo que le priva de derechos cívicos como el poder de decisión sobre si mismo. Igual que a ninguno de nosotros se nos ha pedido consentimiento para nacer; nuestro nacimiento, ha sido amparado, en la inmensa mayoría de los casos, por la responsabilidad de nuestros padres y, raramente, habrá tenido otro propósito que el de hacernos vivir la mejor posible de las existencias. Por ello, el embrión, igual que nos ocurrió a nosotros, aunque pudiera, no tendría capacidad de decisión, como ocurre también con los menores o con los incapacitados. Así, en este aspecto, siempre y cuando no sean vulnerados los otros principios, podría aducirse la prevalencia del criterio de los progenitores en esta materia. El principio de justicia, en fin, podría ser invocado por la situación injusta que podría suponer para el hermano beneficiario, privarle de un beneficio factible. Esto podría ocurrir caso de no llevarse a cabo la selección embrionaria, su implante, el desarrollo y normal nacimiento del hermano y, finalmente, el trasplante del tejido preciso: precursores hematopoyéticos (sanguíneos), en este caso.

Como se puede apreciar, todo el análisis parece conforme a la normativa ética imperante y, a primera vista, parece un asunto de fácil y universal asunción. ¿Dónde está, entonces, el problema? El estatus moral del embrión es una cualidad subjetiva y propia de cada creencia trascendente o religiosa. Vinculado al mismo se encuentra el momento en que comienza la vida y, por tanto, cuando moralmente se adquiere la categoría de persona. Es muy difícil, hasta ahora imposible, definir este límite con criterios estrictamente biológicos. Aunque la vida y muerte son, generalmente, fáciles de identificar, no lo son, en absoluto, sus límites. En esa fina, pero rotunda, línea divisoria radica el problema.

A partir de aquí, surgen cantidad de interrogantes y problemas, dependiendo de la concepción moral de cada uno. ¿Es moralmente lícita la utilización de medios extraordinarios, como la fecundación “in vitro” y la selección de embriones, para concebir una persona con un objetivo de utilidad?, ¿Cuál es la situación y el destino de los embriones engendrados y no utilizados?, ¿Estamos ante una técnica eugenésica?, etc. Estos y otros muchos interrogantes deberán ser valorados a la hora de conformar una opinión sobre el asunto y tomar partido por ella.

Aunque en estos temas debemos, siempre, ser cuidadosos y estar atentos a las aplicaciones de su potencial, la discusión siempre quedará abierta, dado el carácter de la materia de que se trata y las diferentes concepciones morales de quienes la enjuiciamos.

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Comentarios(4):

neutral - 28-10-2008

es asi como lo dice usted, lo demas ganas de hacer demagogia de unos y otros. felicidades

CM - 28-10-2008

Muy bien y muy clarito

NABUCO-DONOSO - 25-08-2009

Un artículo bien razonado. La Ciencia nos aporta instrumentos, técnicas y medios que no debemos desechar ni desdeñar cuando se trata de salvar una vida o luchar contra la enfermedad. Naturalmente, siempre que no se haga daño a terceros.

BRAUN - 02-11-2008

DON LUIS: MUY CIERTO TODO LO EXPUESTO; PERO SI LA VIDA ES VIDA DESDE SUS PRIMEROS INSTANTES HASTA SU FINAL, CUALQUIER INTERRUPCIÓN A LO LARGO DE SU CICLO ES ACABAR CON ESA VIDA; ESO SE PUEDE LEGALIZAR, PERO NO POR ESO DEJA DE SER EL ACABAR CON UNA VIDA. TODOS CONOCEMOS REGÍMENES QUE LEGALIZARON LAS MAYORES ABERRACIONES Y POR ESO NO DEJARON DE SER ABERRACIONES. LA LEY QUE NO SE RIGE POR LOS PRINCIPIOS DEL DERECHO NATURAL, LA ÉTICA O LA JUSTICIA, NO ES LEY ES LATROCINIO O CORRUPCIÓN DE LEY.