¿Somos culpables del cambio climático?
Desde hace un tiempo, es frecuente atribuir las variaciones del clima o de parámetros climáticos a la actividad humana, pasando al acerbo de los conceptos “políticamente correctos” y, por tanto, no sujetos a discusión.
Se asume, por ello, que las emisiones de gases con “efecto invernadero”, principalmente dióxido de carbono, calientan la tierra de forma progresiva, sobre todo, desde el comienzo del siglo pasado con el advenimiento de la era industrial. Probablemente sea así, y no refutarán esta teoría una importante y prestigiosa cantidad de trabajos, tanto de grupos científicos como de organizaciones gubernamentales, no gubernamentales y filantrópicas. En este asunto, existen dos planteamientos que se han convertido en lugares comunes, que parece deben ser asumidos como verdades de fe y de los que su realidad carece, por el momento, de evidencia científica. El primero, que su origen sea consecuencia de la actividad humana, y el segundo, que este sea un objeto de lucha, frente al que podamos batallar.
Actualmente no existe consenso acerca del primer supuesto, dado que no hay evidencia científica de la relación absoluta entre el actual calentamiento terrestre y la actividad humana. Tampoco la hay, por falta de registros adecuados, de que este patrón de calentamiento sea original de la época humana y no haya tenido precedentes similares a lo largo de la formación de la tierra. Existen estimaciones de temperatura terrestre, basados en la relación de isótopos de oxígeno presentes en el carbonato cálcico de las conchas de plancton, que evidencian nueve periodos interglaciares en los últimos 800.000 años de nuestro planeta. Según ellos, estaríamos comenzando otra nueva glaciación que, según el patrón, viene precedida de épocas de un calentamiento paradójico. Junto con lo anterior, existen grandes dificultades para asumir los registros de temperaturas, tanto terrestres como marinas, de las últimas décadas, realizadas por países y organizaciones diversas y con distintas metodologías y recursos tecnológicos. Así, actualmente, existen dudas acerca de la consistencia de los registros de temperatura marina que, por ejemplo, evidencian un paradójico descenso en 1945, no explicable por fenómenos naturales ni por los bombardeos nucleares con que finalizó la segunda guerra mundial. Por todo ello, y asumiendo la probabilidad de calentamiento global, está por demostrar el origen humano del mismo.
Nuestros parámetros biológico-temporales, no valen para los fenómenos geológicos que abarcan milenios. Utilizando los primeros para explicar los segundos, podríamos caer en el absurdo de atribuir a las hogueras de hipotéticos cavernícolas, los finales de los periodos glaciares, por el calentamiento subsiguiente. De igual forma, podríamos estar atribuyendo un factor humano a un hecho natural, como podría hacerlo, por ejemplo, con la marea, una persona que, cerca de la orilla, contemplara por primera vez como el mar eleva constantemente su nivel y especulara con la posibilidad de grifos abiertos olvidados como origen del fenómeno. No obstante, hay que decir claramente que, independientemente de la implicación humana en el fenómeno, toda estrategia tendente a la disminución de gases invernadero y de disminución de la utilización de combustibles fósiles debe ser bienvenida y apoyada. El como y por quien, es otro tema que en otro momento podría discutirse.
Consecuentemente con el cambio climático que se percibe, organismos de todo tipo, internacionales, nacionales, ONGs, particulares, etc., plantean estrategias para su gestión, muchas de ellas fundamentadas en la LUCHA CONTRA el cambio climático. Aunque pudiera parecer una mera cuestión semántica, la incorporación del concepto de ADAPTACIÓN al mismo es más útil, pues sin desvirtuarla, describe en su propio término la realidad del problema. No creo que la diferencia terminológica carezca de importancia ni que sea inocente. Independientemente de la distinta “potencia mediática” de ambos términos, utilizados frecuentemente según la concepción ideológica involucrada en el tema, parece que no debieran ser iguales las estrategias y metodologías, según se tome uno u otro camino. Así, entiendo que con buen criterio, el Ministerio de Medio Ambiente, Rural y Marino ha publicado su Plan Nacional de Adaptación al cambio climático en España, de acuerdo con la Convención Marco de Cambio Climático (CMNUCC) que en su artículo 4.1(b) establece que “las Partes deberán formular, aplicar, publicar y actualizar regularmente programas nacionales y, según proceda, regionales, que contengan (…) medidas para facilitar la adaptación adecuada al cambio climático.”
El entender claramente este concepto de adaptación es crucial. Evitaremos, por una parte, el desvío de cantidades significativas de los importantes recursos y esfuerzos que la empresa requiere a objetivos inútiles, como si en el ejemplo antes mencionado, nos dedicáramos a construir diques para evitar el efecto de las mareas en lugar de prepararnos, prevenir y adaptarnos a los efectos indeseables de las mismas. Por la otra, la frustración que podría causar el fracaso de esos esfuerzos invertidos en estrategias equivocadas. El respeto a los fenómenos naturales debe incluir, primeramente, su conocimiento profundo, que no es fácil; después, nuestra adaptación a los mismos; no al revés.
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Comentarios(2):
Claro que somos culpables, los hombre sosn culpables de todo lo que pasa.
TIENES MUCHA RAZÓN: LOS CAMBIOS CLIMÁTICOS SE PRODUCEN A TRAVÉS DE MILENIOS. NO ES POSIBLE HACER PREDICCIONES A CORTO PLAZO Y, POR CONSIGUIENTE, NOS FALTAN PARÁMETROS DE REFERENCIA.