Noticias de Cantabria
27-07-2010 09:00

El fin de la literatura

Hace muchos años en mi vida, hace no demasiados en la Humanidad, hace nada desde que nació la Tierra… tuve un encuentro con un camarada de cuyo nombre no quiero acordarme. Se trataba de una especie de tertulia literaria en la que había algunos interesados en la literatura y otros, como el camarada D., interesados más bien en cambiar nuestras poco evolucionadas conciencias. La conversación es más o menos como sigue.

-La estructura del Ulises de Joyce es… (añádanse aquí dos párrafos sobre literatura) –dice Martín, un tipo con pipa y pelo largo.
-¿Y eso qué aporta a la sociedad? –dice D., de largo bigote troskysta.
-Probablemente nada, ¿tiene todo libro que aportar algo a la sociedad?
-Desde luego –finaliza el troskysta feliz-, toda obra que no aporte nada a la sociedad no es sino una masturbación.

La conversación terminó ahí porque el de la pipa y el pelo largo (un tal Martín Cid) no tenía (como ahora) ganas de entrar en ningún tipo de pelea o conflicto.
Con el paso del tiempo D. se ha convertido en un joven radicalizado (si no lo estaba ya) sobre asuntos anti-globalización y demás cuestiones y Martín en un escritor de novelas poco o nada conocido que, a día de hoy, se ha sentido constantemente atacado socialmente en lo que a la literatura se refiere. Me explico partiendo de la afirmación de D.: ¿por qué tiene que aportar algo a la sociedad la literatura? Debemos partir de la diferencia entre el concepto de individuo (ciudadano) que propone la izquierda al concepto literario de individuo. Dícese: la literatura habla a un lector único que interactúa con el texto de tal manera que a través de esa comunicación dota de vida al lector y, sobre todo, al texto en sí. La postura social(ista) de la literatura propugna más o menos (como hemos visto en el caso anterior) que toda obra ha de servir a la sociedad y, así, servirá al individuo en particular. Las dos posturas, como veremos, tienen en común al individuo (a ver si algún día nos sorprenden con literatura sin lectores), pero en la visión social(ista) pasa el individuo a un segundo plano para hacer mayor incidencia en la sociedad, de tal manera que el individuo está, siempre, sometido al concepto social.

El asunto de la masturbación (mental) ha de ser tenido también en cuenta, y es que el camarada D. no dudó ni un segundo en entrar en conflicto (dialéctico) con cualquier persona o razonamiento que no esté de acuerdo en la noción social(ista) del arte (por cierto, esto es extensible a todas las demás actividades realizadas en un marco, social o no). El ciudadano social(ista) debe participar en la concienciación de los que no están de acuerdo con la idea y así hacerle ver su error. En aquella época de la que les hablo eran pocos los proselitistas, casi siempre miembros de un partido político (el troskysta lo era), pero sucede que en nuestra época, y gracias a la evolución de este sistema, se ha programado al ciudadano para que realice estas actividades más propias de la Gestapo en cualquier medio o círculo que frecuente.
Algunos han llamado a esto “nueva conciencia ciudadana”.

Bien, han pasado unos años y la cuestión se ha radicalizado por varias razones (entre ellas, estos individuos están ahora en el poder) y se ha agravado hasta alcanzar cotas insospechadas en aquellos tiempos en las que el tal Martín Cid era apenas un estudiante universitario. El proselitismo es realizado por los ciudadanos en terrazas de bares y se ha programado al ciudadano con armas pertinentes para la concienciación social: se aleccionará siempre al que fuma con un gesto de desagrado, se participará activamente en la lucha con cualquier otra institución que no esté directamente apoyada por el poder (tipo Iglesia) y, en definitiva, se apoyarán toda una serie de normas morales y será precisamente el ciudadano la mayor arma del poder en lo que a esta concienciación se refiere.

Hoy en día es frecuente encontrarnos a alguien que nos reprende en cualquier bar por algo que hemos dicho o hecho (en mi caso, mi humo siempre les molesta, como ellos a mí, pero yo no digo nada). Caso aparte es el de la propaganda en los medios de comunicación, un auténtico hervidero de lo “políticamente correcto” que sirve al ciudadano a modo de Epi y Blas, aprendiendo toda una serie de comportamientos que el buen ciudadano reproducirá mecánicamente en su vida cotidiana.

Y así está el asunto, amigos míos. Espero no encontrarme con ninguno de vosotros si sois como el camarada D. y espero encontrarme con cada uno de vosotros si en vuestra vida cotidiana hacéis lo que os haga feliz y dejáis que el resto del mundo siga siendo feliz. Quizá no sea el Paraíso, pero al menos me permiten seguir leyendo Ulises y escribiendo novelas (por lo menos hasta ayer, que hoy tengo mis dudas).

Un afectuoso saludo.

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Comentarios(1):

lector - 27-07-2010

Este tio me parece brillante.Dice cosas con tanta naturalidad que apetece leerle.