El centro del placer por Dr. José Manuel Revuelta Soba
¿Por qué en un día caluroso beber agua fresca se siente como una experiencia tan placentera? La respuesta no está en la garganta, sino en lugares recónditos de nuestro encéfalo. Durante millones de años, la evolución ha perfeccionado un mecanismo biológico extraordinario, el sistema de recompensa cerebrall
Un circuito neural ancestral diseñado con el único objetivo de garantizar la supervivencia del individuo y la continuidad de la especie, transformando las necesidades biológicas básicas en puro placer.
A medida que envejecemos, las señales de este asombroso circuito comienzan a perder intensidad; la sed se apaga antes de que las células se rehidraten, la comida pierde su atractivo y el deseo sexual se atenúa. Entender el funcionamiento de este asombroso sistema nos permitirá comprender mejor los secretos íntimos de nuestra conducta cotidiana.
Sistema de recompensa cerebral
No se trata de un órgano aislado, sino de un complejo circuito neuronal que conecta unas estructuras filogenéticamente muy antiguas con áreas corticales evolucionadas, con la trascendental función de provocar la sed, el hambre y el deseo sexual.
Los fisiólogos no han podido encontrar un término más extraño para denominar esta arquitectura cerebral, vía dopaminérgica mesocorticolímbica. Para entendernos, el sistema de recompensa cerebral algo más expresivo y consolador. Esta vía neural consta del área tegmental ventral, situada en el mesencéfalo (cerebro medio), la verdadera fábrica que sintetiza la dopamina, una sustancia química que envía mensajes desde las neuronas al sistema nervioso (neurotransmisor). Esta molécula no genera el placer, sino el deseo, o sea la motivación para buscarlo.
El denominado núcleo accumbens, situado en la porción basal del cerebro anterior, actúa como el centro de procesamiento del placer y la anticipación, integrando la información afectiva y motora, mientras que en otras neuronas de la corteza prefrontal se asigna el valor de la recompensa, se evalúan los riesgos y la toma decisiones sobre cuándo y cómo actuar. Estos dos grupos de neuronas proporcionan la sensación hedonista y placentera mediante unos opioides endógenos (endorfinas y encefalinas).
Posteriormente, un grupo de neuronas situadas en la amígdala cerebral y el hipocampo aporta la consiguiente carga emocional y la memoria, para que recordemos dónde y cómo obtuvimos el estímulo placentero. Esta función se lleva a cabo mediante la liberación de la hormona oxitocina, neurotransmisor muy eficiente, conocida comúnmente como "hormona del amor". Sus niveles en sangre aumentan exponencialmente durante la ingesta de líquidos o alimentos apetitosos, el contacto físico o el orgasmo. La duración e intensidad del placer varían según el valor evolutivo del estímulo. Esta hormona se almacena en la hipófisis (glándula pituitaria, del tamaño de una lenteja, localizada en la base del cráneo), desde donde se libera a la sangre; es bien conocida por provocar también las contracciones del útero antes del parto y facilitar la producción de la leche materna.
Por último, otro grupo de neuronas localizado en la línea media del tronco encefálico, constituye la fuente principal de serotonina, "hormona de la felicidad", neurotransmisor que regula el estado de ánimo y la saciedad.
Las espléndidas recompensas del sistema
Desde que nacemos, la escasez de líquidos en el cuerpo se manifiesta de manera ostensible mediante la sed. Al beber, la sensación placentera en la boca y la garganta suele durar poco (3 - 10 minutos); el cerebro no espera a que el agua se absorba en el intestino, función que suele tarda algo más de 10 minutos. Por ello, interrumpe el deseo de beber mediante un circuito neuronal inhibidor rápido para evitar la hiperhidratación por exceso de volumen de líquidos ingerido. Este "medidor de flujo", ubicado en el cerebro anterior, desactiva las "neuronas de la sed" u órgano subfornical, evitando que nos pasemos bebiendo.
De manera similar, la sensación de hambre por necesidad fisiológica de energía está regulada por este sistema de recompensa cerebral, mediante la liberación de dopamina por el hipotálamo, que actúa como el centro principal. Sin embargo, el estómago juega también un papel importante en la puesta en marcha de este deseo vital; tras detectarse escasez de nutrientes, las paredes del estómago liberan la grelina o "hormona del hambre", bien por estar vacío o haber transcurrido un largo periodo de ayuno. Esta hormona envía señales al hipotálamo para que estimule la sensación de hambre y libere dopamina en la sangre. Existe una hormona antagonista, la leptina o "hormona de la saciedad" que se produce en el tejido adiposo (grasa corporal), actuando como un mensajero que informa al hipotálamo para reducir la sensación de hambre y estimular el gasto energético, ayudando a mantener el peso corporal. El placer gustativo inicial dura muy poco (segundos o minutos), mientras el alimento está en la boca; la liberación de dopamina secundaria, provocada por la llegada de nutrientes al estómago, genera una sensación de bienestar y saciedad homeostática que se extiende durante 1 a 3 horas, dependiendo del tipo de alimento y otros factores individuales.
La "llamada sexual" constituye un impulso poderoso e intenso, como la sed o el hambre, aunque está influida por una variedad compleja de factores externos. En general, la actividad sexual presenta una dinámica trifásica: fase de búsqueda, fase de meseta y orgasmo, y fase de relajación y saciedad.
A diferencia de lo que se creía, la dopamina o "molécula del placer" impulsa la búsqueda y la anticipación, más que el placer en sí, según el neurocientífico Kent Berridge (Universidad de Michigan). Cuando el cerebro se vuelve hiperrreactivo a los estímulos de la dopamina, se provoca un deseo compulsivo muy fuerte hacia la búsqueda del placer.
Durante la fase de meseta el cerebro libera grandes cantidades de dopamina, muy superiores a las que utiliza para satisfacer la sed o el hambre; por ello, se genera una sensación de recompensa muy intensa, acompañada de euforia y potencia sexual (orgasmo). La dopamina favorece el acto sexual al unirse a los receptores dopaminérgicos.
Por último, la fase de relajación y saciedad está mediada por otros opioides como la oxitocina y prolactina cuyos efectos neurobiológicos duran entre 30 minutos y varias horas, generando la agradable sensación de apego emocional y la confianza en la pareja sexual.
El placer no es un lujo, tiene unos beneficios directos sobre el corazón y los vasos sanguíneos. La activación moderada y fisiológica del sistema de recompensa cerebral incrementa el tono parasimpático, reduciendo la presión arterial y la frecuencia cardíaca en reposo. La oxitocina liberada durante las relaciones sexuales o la interacción social afectiva actúa sobre los receptores endoteliales, estimulando la síntesis de óxido nítrico, un potente vasodilatador que mejora la perfusión de las arterias coronarias y reduce la rigidez del sistema arterial. Los niveles equilibrados de dopamina y endorfinas en la sangre amortiguan el eje hipotálamo-hipófisis-adrenal), disminuyendo el cortisol circulante (hormona del estrés) y reduciendo la inflamación vascular crónica.
Cuando el sistema apaga la luz
Cuando el agua fresca tras una larga caminata deja de resultar apetecible, el plato favorito pierde su aroma irresistible y las muestras de afecto o contacto íntimo resultan tan solo un vago recuerdo, no es apatía o simple "cansancio de la vida" sino la química cerebral apagando sus luces. El sistema de recompensa cerebral que durante décadas induce a beber, comer, amar y conectar con los demás, va perdiendo fuerza con el paso del tiempo. Por ello, resulta imprescindible entender cómo envejece esta asombrosa maquinaria biológica para tratar de proteger la salud integral y preservar la función normal del corazón de los mayores.
Cuando el cerebro deja de liberar ráfagas de dopamina, convirtiendo el acto de beber agua en una experiencia muy gratificante, sobreviene una progresiva deshidratación involuntaria. Si se bebe poca agua (hipodipsia), va disminuyendo el volumen plasmático haciendo la sangre más espesa (hemoconcentración), lo que obliga al corazón a latir a una frecuencia más rápida para poder mantener la perfusión de los órganos y tejidos del cuerpo. Esta viscosidad sanguínea, inducida por la deshidratación crónica, eleva drásticamente el riesgo de accidentes cerebrovasculares (ictus), infartos de miocardio y episodios de hipotensión ortostática, origen recurrente de las caídas traumáticas en los ancianos.
La anorexia de la vejez no es solo perder el deseo de comer; es privar al músculo cardíaco de los necesarios aminoácidos y micronutrientes esenciales. El corazón es un órgano eminentemente muscular, muy sensible a la malnutrición proteico-calórica, lo que acelera la sarcopenia cardíaca (pérdida progresiva de la masa miocárdica), disminuye su fuerza contráctil y termina desembocando en la insuficiencia cardíaca.
El desgaste en las vías que generan la dopamina, oxitoxina y otras sustancias opiáceas entorpece las relaciones sociales y extingue el deseo afectivo-sexual, no solo aislando al individuo en el plano emocional, sino también físico. La pérdida de recompensas sociales activa dicho eje hipotálamo-hipófisis-adrenal, elevando los niveles de cortisol y catecolaminas de forma crónica. Este ambiente proinflamatorio deteriora la función endotelial (capa que tapiza el interior de las arterias), acelera la aterosclerosis y disminuye la variabilidad de la frecuencia cardíaca, marcador clave de vulnerabilidad cardiovascular.
Por todo ello, proteger la sensibilidad del sistema de recompensa en los ancianos, mediante la estimulación sensorial, alimentos apetecibles, rutinas guiadas de hidratación y entornos sociales afectivos, no solo representa un acto de confort emocional sino una intervención médica de primer orden para proteger el corazón de la población mayor.
El placer no es un exceso biológico, sino el lenguaje que utiliza la evolución para asegurarse de que mañana sigamos vivos
Kent Berridge, catedrático de Neurociencia y Psicología, Universidad de Míchigan de EE.UU.
José Manuel Revuelta Soba
Catedrático de Cirugía. Profesor Emérito de la Universidad de Cantabria
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