"Los políticos de siempre: vivir del cargo sin dejar huella". Angélica Bolivar Parra
Todos conocemos a alguno. Está en el Ayuntamiento, en el Parlamento autonómico o incluso en el Congreso. Lleva años encadenando cargos públicos, acude a actos, inaugura cosas, publica mensajes medidos en redes y da alguna entrevista amable. Pero, si uno se detiene a pensarlo, surge la pregunta incómoda: ¿qué ha hecho realmente durante todo este tiempo?
Todos conocemos a alguno. Está en el Ayuntamiento, en el Parlamento autonómico o incluso en el Congreso. Lleva años encadenando cargos públicos, acude a actos, inaugura cosas, publica mensajes medidos en redes y da alguna entrevista amable. Pero, si uno se detiene a pensarlo, surge la pregunta incómoda: ¿qué ha hecho realmente durante todo este tiempo?
¿Cuántos políticos conoces en tu ciudad o comunidad que podrían desaparecer mañana sin que nada cambiara? Probablemente más de los que una democracia sana debería tolerar. A esa figura se le puede llamar sin rodeos: rentista político.
El rentista político no vive de las ideas ni de los resultados. Vive de las siglas. De la estructura de un partido que le protege. De un sistema interno donde la obediencia pesa más que el talento o la valentía. Su futuro no depende tanto de los ciudadanos como de no molestar a quienes deciden las listas electorales.
No impulsa grandes reformas ni defiende una visión propia del país. Su especialidad es resistir. Legislatura tras legislatura, sobrevive sin hacer ruido, sin asumir riesgos y, sobre todo, sin dejar huella.
Pero el problema no es solo de los partidos. También es nuestro. Muchas veces votamos por costumbre, por emoción o simplemente porque ?siempre lo hemos hecho así?. Votamos colores antes que personas. Logotipos antes que trabajo real. Y ahí está una de las grandes contradicciones de nuestra democracia local y autonómica: hay concejales, alcaldes o diputados que se esfuerzan de verdad, que pisan la calle, escuchan y trabajan sin descanso. Sin embargo, su esfuerzo pesa menos que la marca con la que se presentan.
Mientras tanto, los rentistas políticos siguen ahí, elección tras elección, gracias a una maquinaria electoral bien engrasada y a la lealtad automática de una parte del electorado. Da igual su implicación o su capacidad: la marca les sostiene.
Así se genera un círculo vicioso. Los partidos dejan de buscar a los mejores porque saben que los votos llegarán igual. Y algunos políticos aprenden rápido que conservar el asiento depende más de obedecer que de destacar.
Eso sí: no todos son iguales. Hay políticos honestos, preparados y comprometidos, que entienden la política como un servicio temporal, no como una carrera vitalicia. Justo por eso resulta tan preocupante que los rentistas sigan ocupando espacio. Porque donde ellos se acomodan, otros con más talento y vocación se quedan fuera.
Una democracia sólida necesita instituciones fuertes, pero también ciudadanos exigentes. Gente que sepa distinguir entre quien solo calienta el sillón y quien de verdad mejora su comunidad. Porque una democracia madura no debe premiar la fidelidad a unas siglas, sino el trabajo, la honestidad y los resultados.
Si seguimos votando por inercia, terminaremos reforzando el mismo sistema que criticamos. Un sistema donde, para sobrevivir en política, no hace falta transformar nada. Basta con pertenecer al partido adecuado. Y eso convierte la política en lo que nunca debería ser: un refugio para quedarse, en lugar de un espacio para servir
Sé el primero en comentar