Utopías de clase y de trabajo.José Antonio Ávila López
Charles Fourier, filósofo francés de principios del s. XIX y uno de los padres del cooperativismo, encerrado en un cuartucho rodeado de gatos, y con un conocimiento limitado de la vida, pretendió diseñar una sociedad perfecta
Conceptos que aprendí...
Charles Fourier, filósofo francés de principios del s. XIX y uno de los padres del cooperativismo, encerrado en un cuartucho rodeado de gatos, y con un conocimiento limitado de la vida, pretendió diseñar una sociedad perfecta. Así nacieron los falansterios (comunidades de producción y consumo en las que según Fourier habitaban cada una de las partes de la sociedad), en los que las jornadas laborales estaban milimétricamente diseñadas en función de los gustos particulares de cada persona para que el trabajo dejara de ser una esclavitud y se transformara en un placer. A partir de ahí la cosa entraba en un terreno involuntariamente cómico, porque Fourier hacía una clasificación tan exhaustiva de los gustos (las «pasiones» las llamaba él) que llegaba a distinguir entre los que preferían recolectar frutas maduras o pasadas. Por cierto, las tareas que obviamente no encajarían en los gustos de nadie, como la limpieza de las letrinas, Fourier las delegó en los niños (a los que llamaba «pequeñas hordas»), y ahí estuvo bien. Al menos Fourier pretendía basarse en las preferencias de la gente para diseñar su utopía, pero era frecuente que los utópicos consideraran al humano perfectamente moldeable, una pizarra en blanco en la que proyectar sus ocurrencias y materializarlas mediante la educación. Y éste era su error fundamental, el que motivaba que, cuando pretendían llevarlas a la práctica, sus utopías fracasaran estrepitosamente. Consideren un ejemplo más reciente. Cuando comenzaron a crearse «kibbutzim» en Israel, se pretendió separar a los hijos de los padres, que durmieran en residencias colectivas, y que fueran educados colectivamente. Esto, de paso, rompería el rol cuidador de la mujer, y propiciaría una sociedad más igualitaria. Pues bien, el experimento fracasó por completo porque pasó por alto la naturaleza humana, que viene precargada con instintos, preferencias, manías o «pasiones» como el cariño y el deseo. Es decir, no se puede crear una sociedad estable prescindiendo de los mimbres con los que estamos construidos.
José Antonio Ávila López
45462148-A
Filólogo corrector de textos
Ex concejal Ayuntamiento Rubí
Telf. 661.07.14.76
08191 Rubí (Barcelona)
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